¿QUÉ SENTISTE CUANDO NACIÓ TU BEBÉ?

No tenía muchas expectativas, ninguna en realidad. De hecho hubo un momento en mi vida en el que llegué a decir que no quería tener hijos. No porque fuese feminista, sino porque siempre tuve la barra muy alta. Soy la menor de cinco hermanos y mis papás nos dedicaron todo su tiempo. Tengo diez sobrinos (tenía… ahora ¡ya son 11!) y crecí viendo a mis hermanas y cuñadas entregadas a la maternidad.

Trabajé de babysitter y lo odié. Me pareció aburridísimo. Durante mi embarazo hice un curso de pre-parto, que si llegaba a tener una expectativa sobre la maternidad, la destruyó por completo. El curso es excelente, de hecho muy recomendable, pero nos preparaba para un estado de agotamiento mortal sumado a un gran desequilibrio hormonal.

Y un día a los 31 años recién cumplidos, me convertí en mamá. Y desde que nació Alba que la vida fue una fiesta. Celebramos su llegada con mi suegra que vino desde Francia, con nuestros amigos de toda la vida y con los más recientes, con la vecina del edificio al que nos habíamos mudado hace un mes…  El nacimiento de Alba y el de su primo Simón, nos recordó que la vida es para vivirla y entre papás y hermanos le regalamos un pasaje a mi hermana que vive en el Caribe para que venga ¡por solo cinco días!

Después de dos meses de puro festejo, de almuerzos en familia y tés entre tías, mi mamá me preguntó ¿no sentís que desde que nació Alba todo pasó a otra dimensión? Me quedé muda, no supe contestarle. Me di cuenta que si bien estaba eufórica no me había puesto a indagar que sentía. Fue en ese momento que me dije ¿qué siento desde que nació Alba?

Me siento viva. Después de atravesar la década de los veinte cuestionándome qué estudiar ¡y dónde!, buscando un hombre del que me pueda enamorar ¡y que se enamore de mi! Y ni hablar del trabajo… uno que me permita cambiar el mundo Y ganar plata Y tener un jefe copado pero que además también sea un mentor tipo Platón

Viva, porque abro la ventana de nuestro cuarto y veo un precioso hibiscus que acaba de florecer. Viva, porque camino por la calle y veo a los señores que caminan al lado mío. Hasta les hablo, les sonrío y les presento a Alba. Ni zoombie, ni rumiante, viva. Por fin comprendí a Matisse cuando dijo que “siempre hay flores para el que desea verlas”…

Me siento presente. En esa dimensión que buscamos cuando trato de meditar, sumergida en el aquí y en el ahora. Sin grandes planes, más bien, todos son bien cotidianos. Aunque sean poco ambiciosos ninguno sale como lo había imaginado. Caliento la comida para sentarme a almorzar tranquila, pero en ese instante tengo que cambiar un pañal y para cuando me vuelvo a sentar la comida ya está fría. Intento colgar la ropa del lavarropas pero Alba se pone a llorar entonces la alzo y con un poco de Spotify nos ponemos a bailar…

Tuve la suerte de que mi primera experiencia de vida, haya sido con un nacimiento y no con una muerte. Es entonces que hoy te respondo: si Má, tenés razón, después de Alba todo pasó a otra dimensión.  Esa que relativiza el reto de un jefe, la camisa manchada en lugares inadecuados, la falta de sueño y hasta de proyectos ambiciosos. En realidad, mientras escribo me doy cuenta que hoy es la maternidad, mi proyecto ambicioso.  Y hoy en la vorágine del día mientras corro para limpiar el popó del body, barrer los pelos que se me cayeron en el piso blanco de la cocina o tomar un mate, no hay nada más conmovedor que la mirada de Alba desde su sillita de Fisher Price rosa…esa que me contempla como si fuese la séptima maravilla del mundo. Esa que me trae al acá y al ahora, esa que me recuerda que ese momento, como la vida, dura solo un instante. Porque todas sabemos que antes de que nos demos cuenta se convertirá en un “¡¿eso te vas a poner?!” Si, Alba, gracias por tu mirada conmovedora.